Mis duelos
Hablemos en Calma · Episodio 2
Este episodio lo hice con la intención de hablar de temas personales que puedan ser escuchados para hacer soporte, para acompañar, o simplemente para escuchar de una manera distinta. Y hoy el tema es muy mío, muy personal. Pero con el tiempo he aprendido que mi forma de sanar ha sido hablarlo, conversarlo, normalizarlo. No tenerlo guardado como si fuera algo mal visto.
Así que si estás leyendo esto y estás en medio de una pérdida, o de un dolor que todavía no tiene nombre, esto también es para ti. Para que te sirva, para que te sientas acompañada, o simplemente para que encuentres algo que en el fondo de tu corazón sienta que te abraza, que te entiende, que resuena contigo.
Mis pérdidas
Voy a contarte algunas de las pérdidas que me han marcado. No todas, porque hay cosas que son solo mías. Pero las que comparto hoy siento que pueden resonar contigo.
La primera escuela del duelo
Mis primeras pérdidas fueron las de mis abuelos. El primero falleció en el año 2000, yo tenía 12 años. Y puedo decir con honestidad que esos duelos los sobrellevé de manera bastante natural. Quizás también porque me tocó más acompañar a mis papás que vivir yo el dolor directamente.
Pero desde muy chica tuve una referencia muy cercana del duelo: mi mamá. Mi mamá perdió a su hermano cuando ella tenía 20 años y él tenía 13, de una manera muy trágica. Y ella siempre nos habló de ese dolor. De ese duelo que hasta el día de hoy no ha podido cerrar del todo. Y yo crecí con esa referencia: que perder a alguien que amas es de las cosas más difíciles que te pueden pasar, que a veces no llegas a la aceptación completa, que te acostumbras a vivir con ese dolor pero el dolor no desaparece.
Esa fue mi primera escuela del duelo. Y la llevé conmigo.
Acompañar a Jorge
Cuando viví el duelo más de cerca fue siendo novia de Jorge, quien hoy es mi esposo. Teníamos poco tiempo de enamorados. Estábamos de viaje en Galápagos cuando su abuelo se complicó de repente y tuvimos que regresar. A los seis días, Jorge perdió a su mamá. Sin aviso. De esas muertes que no te dan tiempo de prepararte porque simplemente llegan.
Dos pérdidas en menos de una semana.
Y al año siguiente, su mejor amigo. Su abuelo, su mamá, su mejor amigo. Tres golpes en menos de dos años. Más de lo que cualquier persona debería cargar junta.
Lo que aprendí acompañándolo fue algo que ningún libro me había enseñado: que acompañar el duelo de alguien que amas no se trata de tener las palabras correctas. Porque no hay palabras correctas. Se trata de quedarte. De no apurarlo. De no decirle que todo va a estar bien, porque a veces no todo va a estar bien, y decirlo igual es una forma de pedirle que deje de sentir lo que siente. La inteligencia emocional que tiene Jorge, que admiro profundamente, no le quitó el dolor. Solo le ayudó a cargarlo con más dignidad.
Los duelos que no tienen nombre
Hasta acá, hablé de duelos que son pérdidas de personas. Pero me empecé a dar cuenta de algo: los duelos no son solo de personas que se van. También son tus propias pérdidas internas. Las cosas que no salieron como querías y que también necesitan ser lloradas, procesadas, sostenidas.
A mis 22 años me diagnosticaron endometriosis. Para las que no saben qué es: es una condición en la que el tejido del útero crece donde no debería, causando dolor crónico y, muchas veces, dificultades para embarazarse. Es algo que se carga en silencio, porque durante años el dolor de las mujeres se normaliza, se minimiza, se ignora. Y recibir ese diagnóstico a los 22 significó cargar también con el miedo de no saber qué iba a pasar el día que yo quisiera ser mamá.
Pude serlo. Tengo a Jorgito, que es lo más maravilloso que me ha pasado. Pero ese camino tuvo su propio dolor, y ese dolor lo cargué muy adentro mío durante mucho tiempo.
Dos abriles
Cuando Jorgito ya tenía dos años y medio, quise volver a embarcarme en la aventura de la búsqueda. Con ilusión, con esperanza, con ese sueño tan bonito de darle un hermano a tu hijo que lo pide, que lo anhela, que pregunta cuándo va a llegar el bebé.
Y pasó lo que nunca imaginé que me iba a doler tanto. En abril del 2024, perdí un embarazo múltiple. A las siete semanas. Y en abril del 2025, volví a perder. También a las siete semanas. Dos abriles seguidos. Dos veces que la vida me dijo que todavía no.
Si hay algo para lo que nadie te prepara, es para la soledad de ese duelo. Porque es un duelo que no tiene funeral. No tiene nombre que el mundo reconozca. No tiene el permiso social de llorar que tienen otras pérdidas. No hay licencia, no hay flores, no hay abrazo colectivo. Solo tú, tu cuerpo, y un dolor que el mundo minimiza sin querer.
Porque incluso a veces escuchas: ‘es normal, a muchas mujeres les pasa’. Como si el hecho de que sea común lo hiciera menos doloroso. Y no. Igual duele. O más, a veces, porque lo llevas sola.
Pero era vida. Era un sueño. Era ya un nombre en tu cabeza, ya una fecha calculada, ya una imagen de cómo iba a ser. Y eso no desaparece porque el embarazo haya sido de siete semanas.
Y tu pareja también lo está viviendo, pero de una manera tan distinta. Porque la mujer atraviesa un dolor físico, un dolor emocional, un dolor en el alma. El cuerpo que lo vivió adentro. El cuerpo que supo primero. Y encima de ese dolor físico, el emocional: el sueño que no llegó, el hermano que Jorgito pedía, la familia que imaginabas y que por ahora no iba a ser.
El primero me dolió profundamente. Pero el segundo me derrumbó.
Porque cuando llegó el segundo abril, yo ya sabía lo que era perder. Y aun así volví a intentarlo, con miedo, con esperanza, con fe. Y cuando pasó de nuevo, algo en mí se quebró de una manera diferente. Me deprimí. Y lo digo con esa palabra porque es la correcta. No estaba triste. Estaba deprimida. Y tuve que pedir ayuda. Busqué terapia. Y eso fue uno de los actos más valientes que he hecho en mi vida: reconocer que el dolor era demasiado grande para cargarlo sola y decir: necesito apoyo.
El duelo de ver envejecer a tu papá
Y hay un duelo más que quiero nombrarte, porque es de los más silenciosos de todos: el duelo de ver envejecer a tus padres.
Mi papá es un hombre joven, alegre, fuerte. Siempre fue así — el más activo, el más dispuesto, el que disfrutaba a sus nietos con una energía que pocos tienen. Y cuando llegó Jorgito — mi papá se llama Javier, mi hijo Jorge Javier, son tocayos — esa relación fue algo muy especial desde el principio.
Cuando Jorgito tenía tres años, mi papá tuvo una caída fuerte que nos asustó mucho. Pero salió adelante. Y entonces llegó el cáncer. No era la primera vez — hace doce años mi papá ya había enfrentado uno. Pero esta vez había metástasis en los huesos. Y aunque mi papá sigue con nosotros, aunque ya superó las quimios y las radios y se está fortaleciendo, no puede cargar a Jorgito como antes. No puede jugar como antes.
Y mi duelo es ese. No la muerte, gracias a Dios. Sino la distancia entre el papá que siempre conocí y el que hoy está recuperándose despacio. El duelo de los sueños que tenía: ver a mi papá viajar con mis hijos, llevarlos a Disney, ver cómo disfrutaba a los nietos que yo le iba a dar.
Ese duelo nadie lo nombra mucho. Porque tu papá está vivo, te dicen. Y sí. Y gracias a Dios. Pero igual duele. Y no saber qué va a pasar, vivir en esa incertidumbre — eso también es un duelo. Y también merece su espacio.
Las etapas del duelo, como realmente son
Quiero hablar de las etapas del duelo, porque creo que hay mucho malentendido alrededor de eso, y a mí me ayudó mucho entenderlas de verdad.
Elisabeth Kübler-Ross — On Death and Dying (1969)
Kübler-Ross fue quien describió por primera vez las cinco etapas del duelo, en los años 60, estudiando a personas en proceso de muerte. Las etapas que identificó son: negación, ira, negociación, tristeza y aceptación. Pero lo más importante — y lo que muchas veces no se dice — es que estas etapas no son lineales. No vas de la primera a la quinta en orden. Puedes estar en aceptación un día y al siguiente volver a la ira. Puedes saltarte etapas. Puedes estar en dos al mismo tiempo. Y eso no significa que estás haciendo el duelo mal. Significa que eres humana.
La negación es ese primer momento donde algo dentro tuyo dice ‘esto no puede estar pasando’. Lo viví con las pérdidas gestacionales — ese instante donde tu cuerpo ya sabe lo que pasó pero tu mente se niega a procesar.
La ira es esa rabia que a veces no tiene destinatario claro. Un ‘¿por qué a mí, por qué ahora, por qué otra vez?’. La sentí con el cáncer de mi papá. Una rabia que no sabía dónde ponerla, porque no había a quién culpar.
La negociación, que en mi caso se mezclaba mucho con la fe. El ‘Dios, si esto mejora, yo hago esto’. El querer hacer un trato con algo más grande porque sientes que de alguna manera puedes cambiar lo que está pasando.
La tristeza profunda, que no es debilidad. Es el peso real de lo que perdiste. Es el llanto que llega cuando ya no puedes más con lo que estás cargando. Y que necesita salir.
Y la aceptación, que es la más malentendida de todas.
David Kessler — Finding Meaning: The Sixth Stage of Grief (2019)
Kessler, quien trabajó junto a Kübler-Ross, propuso una sexta etapa del duelo: encontrar significado. No se trata de que el dolor valió la pena o que todo pasa por algo. Sino de encontrar un propósito en cómo seguimos viviendo después de la pérdida. Cómo lo que vivimos nos transforma y nos da algo para dar a otros.
La aceptación que nadie te explica bien
Cuando la gente habla de aceptación, a veces suena a resignación. A aguantar. A decir ‘bueno, ni modo’ y seguir cargando el dolor adentro como si nada. Y eso no es aceptación. Eso es sobrevivir con el dolor tapado.
La aceptación real es otra cosa completamente distinta. Para mí, que soy católica y creyente, la aceptación es decir: que se haga la voluntad de Dios. Y eso no es fácil de decir cuando estás en medio del dolor. Pero tampoco es resignarse. Es algo mucho más activo que eso.
Es abrazar tu realidad. No ocultando el dolor, no soportándolo con los dientes apretados, sino genuinamente abrazarla. Con humildad. Con paz. Incluso con alegría, cuando estás lista para eso.
Es entender que tus sueños y tus anhelos son válidos, pero que lo que Dios tiene preparado para ti puede ser algo que todavía no puedes ver desde donde estás parada. Y que ese algo no es menos. A veces es más. A veces es exactamente lo que necesitabas aunque no fuera lo que pediste.
Lo que me ayudó
Lo primero fue permitirme sentir. Que suena simple pero no lo es. Porque hay una presión enorme de estar bien, de seguir, de no derrumbarse. Y yo aprendí que el duelo al que no le das espacio no desaparece. Se queda adentro y sale de otras formas: en el cuerpo, en el carácter, en el cansancio que no tiene explicación.
Lo segundo fue la fe. Para mí, aceptar que hay un propósito en lo que no entiendo fue lo que me dio paz en los momentos donde el dolor no tenía explicación racional. No te lo digo para convencerte de nada. Solo te cuento lo que a mí me sostuvo.
Lo tercero fue acompañar y dejarme acompañar. Aprendí acompañando a Jorge que la presencia vale más que las palabras. Y también aprendí a dejar que otros estuvieran presentes para mí. Eso me costó más, la verdad. Pero fue fundamental.
Y lo cuarto fue entender el proceso. No para analizarme fríamente, sino para no asustarme de lo que sentía. Cuando sabes que la ira es parte del duelo, no te peleas con la ira. Cuando sabes que la tristeza tiene su tiempo, no te apuras para salir de ella. El conocimiento no elimina el dolor, pero evita que te pelees con él encima.
Se puede llegar a la paz. No al olvido. No a que nunca más duela. No a que la fecha no te golpee, o que la canción no te devuelva al momento, o que la foto no te apriete el pecho. Sino a la paz real de poder mirar atrás y decir: eso me pasó, me marcó, me cambió. Y hoy soy quien soy también gracias a eso. Gracias a ese dolor que atravesé. Gracias a esas pérdidas que me enseñaron cosas que ninguna alegría me habría podido enseñar.
Pero para llegar a esa paz, primero hay que llorar. Y hay pérdidas que todavía no hemos llorado. Pérdidas que guardamos porque no había tiempo, porque había que seguir, porque alguien necesitaba que estuviéramos bien. Porque nos dijeron que ya era suficiente, que había que superarlo, que la vida continúa, que hay que ser fuertes.
Y aprendemos a cargarlo en silencio. A funcionar con ese peso adentro. A sonreír en la foto aunque por dentro algo todavía duela.
Y sí. La vida continúa. Eso es verdad. Pero el dolor que no se llora no desaparece. Se queda adentro, callado, esperando. Esperando que un día le des permiso. Que pares. Que lo mires. Que le digas: aquí estoy. Ya puedes salir.
Yo lo aprendí de la manera más difícil. Con dos abriles que me marcaron para siempre. Con la enfermedad de mi papá que me sigue enseñando todos los días. Con los duelos que acompañé y los que viví en silencio. Y lo que encontré al otro lado de todo ese llanto fue paz. Una paz que no es perfecta, que no es definitiva, pero que es real. Y que es mía.
Y quiero que tú también puedas tenerla. A tu tiempo. A tu manera. Con tus pérdidas, con tu historia, con todo lo que has cargado y que quizás nadie ha visto.
Preguntas para reflexionar
- ¿Hay alguna pérdida en tu vida a la que todavía no le has dado el espacio que merece?
- ¿Hay una pérdida que guardaste porque sentías que no tenías derecho a llorarla? ¿Cómo te sientes con eso hoy?
- ¿En cuál de las etapas del duelo te has quedado más tiempo? ¿Cuál te ha costado más atravesar?
- ¿Qué necesitarías hoy para empezar a darte ese permiso de soltar lo que llevas cargando?